El Guiso de Piedras

Por mucho tiempo se habían reunido en ese rústico fogón, como podían se apañaban para conseguir leña y en cacerolas abolladas y negras cocían unas piedras que chocaban entre sí  y hacían un sonido que alegraba a los niños y hasta las mascotas se relamían anticipando el bocado.  Les aseguro que sí. 

Los vecinos los veían atónitos y se agrupaban alrededor de sus ollas relucientes a tratar de sacarle gusto a su propio condumio, comían en silencio, a veces una que otra carcajada y luego se retiraban, siempre intrigados del jolgorio de los otros, que no desaprovechaban ningún momento para reunirse conversar, agradecer y a celebrar la vida.  Al parecer lo que comían les provocaba delirios, porque hablaban de viajes, de personas idas, de recuerdos y anhelos siempre con la sonrisa en los labios.

 

Un día pasó un forastero y le llamó  la atención la  particularidad de aquel grupo humano, los vio colar las piedras y compartir el humeante brebaje y se sorprendió de la alegría con la que cada uno entrecerraba los ojos para oler, probar y tomar como si se tratara de un extraordinario  vino guardado en la mejor barrica del mundo.


fuente
 

Escrutaba con mucha curiosidad y le llamaba la atención  cómo también comían contentos aquel extraño manjar. “Venga”, le dijeron de buen manera, y le invitaron a pasar, le sirvieron una porción de aquel guiso,  se metió la primera cucharada a la boca y asqueado bajó la cabeza, tratando de que no le vieran el gesto, pero ellos estaban comiendo y atendiendo a los niños,  y no se percataron del desagrado de aquel hombre, ni notaron el gesto  para sacarse de la boca aquello y echarlo en un trozo de papel, que escondió con disimulo.  En silencio y pensativo se retiró de aquel lugar.

 

El extraño no había llegado a tragar el amor, el compañerismo, la ayuda mutua, la entrega, la solidaridad, el empoderamiento, la compasión, el respeto, la valoración, el entusiasmo, la fe, la dignidad y la confianza que ellos como familia disfrutaban cada día.

Ellos vieron cuando se fue sin despedirse, pero no les sorprendió el comportamiento, pues conocían bien la naturaleza humana, entendían la dificultad de la mayoría de la  gente para comprender el gran secreto de una buena convivencia.

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