Muertos vivos y Vivos muertos

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Hoy es el día de los Muertos por estos lados, nunca he comprendido la naturaleza de los “días de”, este menos, quizá porque tenga mi propia valoración de la muerte.  Hay muertos vivos y vivos muertos según mi manera de pensar.

 

Para mí un “muerto vivo” es ese que aunque hayan pasado los años de su partida, sigue estando presente en nuestras conversaciones, le recordamos con frecuencia porque su huella es tal que es imposible olvidarlo.  Están en este renglón los poetas, músicos, escritores, inventores, científicos, y aquellos seres queridos que marcaron nuestra vida. Aunque no estén físicamente siguen vivos.

 

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Un “vivo muerto” es aquel que yace ahí, que su presencia “ni huele, ni hiede”, actúa por inercia.  Aquel del cual requerimos su vitalidad porque está puesto en un cargo clave en una institución (no me pregunten cómo llegó allí) pero no se mueve, sus ojos vidriosos no muestran la emoción del oficio que realiza, y pareciera no entender el porqué de su presencia en ese sitio. Ellos con su falta de acción van marchitando también su entorno.

 

Peligroso es el vivo que se deja matar y aniquila su esencia, su pensamiento e iniciativa para apegarse a nuevos dogmas y caprichos de sus jefes.  El que una vez fue sindicalista y abogó por los derechos de todos y cuando se sube al lugar que ha aspirado, se enmudece, se ensordece y se enceguece.  Es letal porque se vuelve cómplice de las numerosas muertes que por abandono y desidia se suscitan.

 

La muerte puede ser contagiosa. Se contamina la joven maestra que llega entusiasta y activa a una institución y ve el quehacer rutinario y pasivo de sus colegas; entonces, una vez culminada su labor, se sienta en la puerta del salón a esperar que los representantes vengan a llevarse a los niños, cuando podría aprovechar ese maravilloso momento para volverse ella, salirse del sometimiento y crear. Preferible es que el niño se vaya a su hogar  pendiente del final de un cuento, de la respuesta de una adivinanza, de una retahíla, de un juego de palabras, o tarareando una canción,  a que esté aplastado contra el pupitre, inventando como superar el aburrimiento mientras se cumple el horario y su padre o madre llega.

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Es un “vivo muerto” el médico que se insensibiliza ante las constantes situaciones que debe vivir e ignora las preguntas, la angustia de los familiares, los resultados de su praxis, y se limita a estar sin participar, sin ser, sin sentir.  Y así todo aquel que cierre las persianas de su alma y se limite a estar sin sentir.

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La vida sigue aún en las circunstancias más lúgubres, siempre renace una planta, aunque se ignore la semilla. Llegan mascotas y nacen niños.  La vida es aquí mientras lees este post, cada persona requiere atención especial y trato humano y amable.  Vivir es una orden.

 

 

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