Cavilaciones erróneas

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Ella era una princesa y ya.  Así se lo había dicho su abuelo desde que nació, además, su padre,  tíos, y padrinos,  habían dado el mismo veredicto.  Desde siempre la llamaron así; entonces ¿por qué razón no debía ella comportarse como tal?

Este era un mundo de contrastes, de dualidades  y contradicciones, nada de raro tenía que ella hubiese caído en un lugar común y corriente donde solo ella se sentía tal como se lo habían hecho ver desde siempre: heredera única, leal, fiel, fuerte, independiente, pero con la única diferencia de que no espera ser rescatada por ningún hombre.  Ella está bien así, solo quiere que le den el trato que se merece.

Tiene que llegar temprano al trabajo sino su jefe, el doctor, como obligatoriamente hay que decirle,  le va a reclamar como siempre lo hace, pero sabe que no puede despedirla porque su trabajo es impecable.

 

Está de moda estar en cuerpos equivocados; la televisión e internet lo muestran a cada momento: “mujeres atrapadas en cuerpos de hombres”, “hombres atrapados en cuerpos de mujeres”, ella entonces es una transmonarca: una princesa atascada en el cuerpo de una plebeya, y su jefe es un transporcino: un verdadero cerdo aprisionado con mucha dificultad en el cuerpo de un hombre.

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Un sonido amado, la saca de sus cavilaciones, algo fuerte, sonoro y con una resonancia acampanada le suena familiar en sus oídos.  “El gas”, piensa, “han traído el gas” se emociona y sale a verificar, pero no,  es el vecino que viene a devolver una bombona vacía y la ha colocado en el suelo chocándola contra el piso.

Su padre ha llegado de la calle y dice que están vendiendo promontorios de troncos de árboles. Su esposa  en todo displicente le aclara, “es leña, están vendiendo leña”, pero él  se hace  el desentendido y repite: “han acomodado troncos de árboles para la venta”.  Definitivamente su estirpe de alta alcurnia viene por el lado de él.

Aún le arden los ojos por el humo de la casa  vecina y los pronósticos es que a ella le tocará cocinar igual, otra semana más, y volverá a llegar tarde al trabajo, porque gasolina tampoco hay  y en las perreras, nueva forma de transporte, una princesa no debería subirse.

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Esta es una triste crónica urbana, una réplica ridícula de un modo de vivir extraño e incómodo que sigue mostrando la involución, solo visible para algunos, para otros es lo normal donde  cualquier parecido con la realidad es solo producto de la imaginación de alguien con trastornos, porque nada de esto está pasando.

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