Cuando la mujer no puede encontrar su voz

 

No te pongas, no vayas, no hables, no veas, no digas, no grites, no llores, no clames, no cuentes, no te pintes, no viajes, no comas, no bebas, no leas, no escribas, no vayas, no creas, no existas y no vivas.  Cuántos noes han tenido que resistir muchas mujeres sometidas  a las exigencias de los hombres y hasta de algunas mujeres que asumen que así debe ser.

Ser mujer significa posesionarse del conjunto de responsabilidades y compromisos que la sociedad le ha impuesto desde siempre. La canción de cuna dice: “lavar los pañales y sentarme a coser”, no dice, “leer un buen libro y acostarme a dormir”,  “pintar un paisaje y tomarme un café” o “ver una película y jugar ajedrez”.  Cualquier expresión que use sonaría a exabrupto.

Está tan encajado este rol de la mujer en sociedad que aun sorprende cuando logra un propósito, alcanza una posición determinada, obtiene éxito en una profesión, o procura responsablemente su  independencia económica.

El hombre, véase como padre, hermano, hijo, novio, esposo, asume que esto es así y se impone con sus exigencias.  ¿Cuántas mujeres no dejaron relegado su sueño porque una figura masculina de poder no se los permitió? Son muchas, y no es pasado.  Me provocó escribir de este tema luego de ver nuevamente la película Big Eyes.

La actriz Amy Adams encarna a la pintora Margaret Keane, una artista popular en los años sesenta, cuyas obras se caracterizaban por los ojos grandes que hacía a sus personajes: humanos o animales. Por doce años el público creyó que era su marido quien hacía las obras.  Él se autoproclamaba autor de sus cuadros, que tenían la firma con su apellido, Keane, mientras la opacaba y recriminaba constantemente.  El carácter sumiso y la timidez de Margaret hicieron que se mantuviera encerrada pintando, mientras su esposo se vanagloriaba por lo que no había hecho y llevaba todos los méritos.

Cuando ella se da cuenta, comienza a cambiar el estilo para tratar de lograr su propia autonomía y solicita  el divorcio, Walter Keane reclama derecho por los cuadros y en pleno juicio es obligado a pintar delante de todos, quedando demostrado así que era Margaret la autora de los cuadros.

Todo esto ocurre por la prepotencia machista que le lleva a imponer sus criterios o métodos y menoscabar la creatividad o capacidad femenina para actuar según sus gustos.  Es un patrón de conducta que se sigue observando en distintos contextos.

Cuando la mujer no puede encontrar su voz, es como si se le mutilase, se evapora su esencia, se desdibuja y deja de ser.

¡Mujeres!, está bien vivir.

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