El barco se hunde

Es viernes y Luisa le dice a su mamá que el sábado tendrá que ir a la escuela, irán unas personas a dictarles algunos cursos.  La señora algo huraña le hace preguntas, quiere que le abunde en detalles acerca de  qué van a aprender allí y ella le dice que no sabe, que son unos psicólogos o algo así, que es porque han tenido muchos problemas con peleas y discusiones y los quieren ayudar.

Llegó el sábado y Luisa asiste al taller.  Una de las actividades de entrada se llama: El Barco Se Hunde. La moderadora explica que harán grupos según el número que ella les diga y que deben seguir las instrucciones.  Luisa está animada, tiene once años y este tipo de ejercicio no es usual entre ellos.  Comienza la dinámica, son 27 niñas, ya ella ha hecho amistad con cuatro  de su salón, son inseparables, pasan el recreo juntas correteando de un lado a otro y comparten sus meriendas.

La moderadora dice en voz alta: “el barco se hunde y solo pueden entrar cinco personas”, todas ríen y corren a abrazarse en grupos de cinco; “el barco se hunde y pueden entrar todos”: la algarabía es general, todas corren y se apretujan en un solo grupo; “el barco se hunde y solo pueden entrar tres”,  Luisa siente el abrazo fuerte de dos de sus amigas, está feliz.  Sigue la dinámica y la bulla. “El barco se hunde y solo pueden entrar dos personas”  Luisa corre hacia una de sus amigas, mientras esta se abalanza hacia otra y cuando ella busca a alguna de sus otras compañeras ya están abrazadas fuertemente: dos equipos, dos alianzas imposibles de soltarse una de la otra.  A Luisa le parece que es una eternidad el tiempo que pasa sola en medio de sólidas esculturas entrelazadas,  todas ríen divertidas.  La maestra dice: ¡listo el juego!, vamos a sentarnos a analizar la dinámica.

Pregunta a las niñas en general, ¿qué aprendieron hoy?  Una niña dice que es bueno reírse, otra, que los barcos pueden hundirse,  varias hablan entre sí, y la moderadora les hace el siguiente análisis: “En la vida podemos tener muchas actitudes, en general cuando nos conviene estar con alguien lo hacemos, pero si no es así, no nos importará quitar de nuestro lado a quien sea, es un comportamiento humano previsible que debemos aprender y aceptar”

 


Luisa siguió pensativa toda la jornada, la experiencia la mantuvo aturdida. Hubo otras actividades, otras reflexiones y la sesión terminó.  Al llegar a casa su mamá le pregunta: ¿qué aprendiste en el taller?, ella malhumorada le responde: “aprendí que la amistad no existe”, y su madre le responde: “eso te lo hubiera enseñado yo, amigo el ratón del queso, mejor te hubieses quedado ayudándome a lavar”

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